–¡Aaay! ¡No puedo mover el
cuello! –gritó de repente la jirafa
Caledonia.
Y era cierto: no podía moverlo ni
para un costado, ni para el otro: ni
hacia adelante ni hacia atrás... Su larguísimo cuello parecía almidonado.
Caledonia se puso a llorar.
Sus lágrimas cayeron sobre una flor.
Sobre la flor estaba sentada una abejita –¡Llueve! –exclamó la abejita. Y
miró hacia arriba.
Entonces vio a la jirafa.
–¿Qué te pasa? ¿Por qué estás
llorando?
–¡Buaaa! ¡No puedo mover el
cuello! Y a la abejita se le ocurrió una gran idea para ayudar a Caledonia...
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